Implacable Paso

El tiempo pasa, pasa y aunque no lo sintamos, aunque nunca lo aceptemos, nos vamos poniendo viejos.
El tiempo nos sucede con su implacable paso y siempre nos sentimos jóvenes, llenos de vida, con cara de adolescente aún, con un tamaño sobre la media para muchos, quizás casi todos. Algunos tienen hijos y de todas formas se sienten llenos de juventud, como si asimilaran los años mejor que otros que conocen. Como dice Benedetti, los viejos siempre son más viejos aún que nosotros, y el océano no llega a ser ciertamente el océano, hasta que la muerte de los otros, empieza a ser la nuestra.
Los años pasan y aparecen las canas, la rutina diaria, los problemas comunes de la gente común, los trabajos de muchos años, los conocimientos estancados, las salidas dejan de ser nocturnas para convertirse en encuentros familiares en fechas señaladas.
El tiempo avanza con su implacable paso y no nos damos cuenta de ello, o no queremos hacerlo, sin embargo el mejor termómetro, lo más eficiente para mostrarnos esa realidad es cuando los más pequeños, quizás aquellos en edad de pubertad, nos asaltan en la calle para preguntarnos la hora, y empiezan su frase con un educado “…compañero, por favor…”.

Por el Agujero de un Zapato

Casi todos hemos sido protagonistas, en algún momento, de esta común historia. Quizás los más propensos somos aquellos que acostumbramos, o preferimos vestir de una manera más informal.
Muchos, en alguna ocasión hemos pedido prestado un par de zapatos de vestir porque alguna salida, o primera cita quizás, requiere ir de gala.
Resulta que después de avanzada la noche, soportando semejante incomodidad, ya que el par que conseguimos nunca es de nuestra talla, pues llega el momento que habíamos estado temiendo, algún zapato larga el tacón.
Maldecimos a las once mil vírgenes y un poco más, nos quejamos de todo y de todos, lamentamos habernos vestido, o planificado, o dejarnos arrastrar a una salida con semejantes requerimientos.
Terminamos caminando cuadras con el tacón en un bolsillo, recordando que los zapatos no son nuestros, pensando que socio vive cerca que nos pueda tirar un cabo, pensando donde podemos coger un taxi que nos regrese a la casa y terminar con tamaña tortura, cuando de pronto las cosas empeoran. Ahora para colmo de males también se despega la suela.
Finalmente terminamos andando con un paso bien calmo, sobre una delgada capa de cartón, con algunos clavos enganchados e imposibles de zafar, que en cada paso rayan y chillan más alto que el anterior.
Resumiendo, que la salida es un desastre, pero una experiencia casi obligatoria para cada persona.

Evitando la Muerte

La monotonía de la vida diaria, y esa espera que desespera, hace que su mente caiga en un estado de suspensión desconocido, alejado de ideas interesantes sobre lo que escribir, y con el inevitable temor de dejar morir su blog escribe este post sin sentido para muchos y con un toque de esperanza para otros. Mientras tanto, yo sigo restando…

Sobre el mismo Caimán

El descontento se vuelve el sentimiento más experimentado por todos, el único capaz de reinar en todo un pueblo. Continúa la corrupción en las altas esferas, los maltratos, la censura, la simulación, el robo desmedido por los intocables. La juventud abandona límites, y la esperanza de un futuro brillante y próspero se desvanece en el polvo y el humo expedido por carros americanos de la década del ’50. Ya el cubano pocas veces ríe, un su lugar una expresión neutral y algo cansada se refleja en su rostro. Cada vez hay más ancianos y un solo faro que apagar. La libertad no se concede ni se dosifica, la libertad es un derecho de todos.

Todo final feliz depende de donde termine la historia.

La Espera Retribuída

El día comienza aún bajo la luz de la Luna, la frialdad de la mañana unida a un ligero estado de ansiedad, hace de ese despertar algo agitado y desesperado.
El taxi se demora y se precisa recurrir a vías alternativas para que el día comience con buen karma.
Los minutos se tornan interminable, las conversaciones de las personas que se encuentran cerca, en alguna de esas 7 colas, te calman y te alteran a la vez.
El pago, la recogida de documentos, la toma de las huellas, el detector de metales.
En el salón todos con cara de desespero o preocupación, y prestando total atención a los coloridos llamados de los funcionarios.
De pronto se oye la llamada para el 40 rojo a la ventanilla número 6. Una habitación cerrada y un cristal que nos separa. Después de varias preguntas privadas, de dar algunas explicaciones, después de un gran susto al sugerirme otra entrevista, después de demostrar mi floreciente y real amor, y con algo de duda por la otra parte; nada es tan placentero al oído, al paladar, a los nervios, al alma, que ese dulce veredicto de “APROBADO”.